Tomás Nevinson, de Javier Marías

Tomás Nevinson, de Javier MaríasSólida prosa pero con inflación explicativa e ideológica

Está ya en las librerías Tomás Nevinson, de Javier Marías (Alfaguara, 2021). En esta su novela más reciente, el autor nos presenta a un agente secreto que recibe la misión de identificar a la persona responsable de un antiguo atentado. Plantea así el tema del terrorismo y la posible legitimidad de la violencia de Estado; y también, más en general, la cuestión del fanatismo, del perdón, del olvido o prescripción de los delitos, de la posibilidad de tomarse la justicia por su mano…

Un primer comentario tras la lectura del libro es que, desde luego, Javier Marías es un gran prosista. Su escritura es sólida, ordenada, de gran corrección y fluidez, con un discurrir sensato y sin obstáculos. La lectura del libro resulta agradable, cómoda, guiada con firmeza hacia las cosas que tenemos que ver, y hacia los pensamientos y opiniones que tenemos que entender. No cabe duda, en resumen, de que la novela es atractiva, amena, con temas de actualidad planteados con inteligencia; y de que resultará satisfactoria para una mayoría de lectores.

Por otro lado, existen en Tomás Nevinson, de Javier Marías, ciertas características, ciertas particularidades de la escritura que, pensamos, lastran el vuelo literario de la novela. Las comentamos a continuación:

Escasa ambición del lenguaje literario

Ya está dicho que la prosa de Tomás Nevinson es de gran solidez y perfección. El efecto que nos causa es el de un preciosista ajedrez de marquetería, complejo, ordenado, simétrico, pulcro, sin fisuras. A este tipo de perfección, sin embargo, nos parece que le falta cierta chispa de creatividad literaria, la chispa del descubrimiento estético, de la asociación iluminadora, de la metáfora. Parece carecer de una voluntad de belleza, de estilo, de riesgo, de deslumbramiento estético. Por el contrario, sentimos que las frases, en su perfección, avanzan inexorables con aire de memorando, carentes del vuelo, del cosquilleo de la belleza.

Como si los párrafos caminaran con ritmo demasiado homogéneo y monocorde; se echa en falta a veces la acción sorpresiva, el cambio de velocidad, la descripción más allá de la acumulación de detalles, los diálogos chispeantes, la variedad de registros o voces… Es decir, que podría faltarle la sal capaz de elevar la correcta perfección de la prosa a más altas cotas de ambición o creatividad literaria.

Desequilibrio entre el argumento y digresión

El argumento de Tomás Nevinson, de Javier Marías, resulta ligeramente artificial (una todopoderosa organización de espionaje, entrega al agente ejecutor —como si de los premios del Un, dos, tres… se tratase— una terna de candidatos para que él mismo, mediante la observación y los larguísimos diálogos, determine la identidad del culpable…), pero es que además dicha trama es de tal brevedad y esquematismo que podría desarrollarse holgadamente en un bolsilibro de quiosco. ¿Qué contiene, pues, buena parte de las más de quinientas páginas de la obra? Principalmente divagaciones, explicaciones variadas, abundantes exposiciones ideológicas…, en suma los elementos que suelen denominarse digresión.

Es sabido que la digresión es un elemento muy característico de la obra de Marías (recomendamos sobre el tema, por ejemplo, este artículo de Sandra Navarro Gil), y es desde luego un recurso perfectamente válido. Sin embargo, no parece que lo valioso sea el hecho mismo de realizar la digresión, sino el contenido o la belleza aportados por ella. Vemos así que las interminables digresiones, circunloquios y paréntesis de Juan Benet, por ejemplo, suponen un tremendo reto creativo tanto para el escritor como para el lector, y buscan levantar de la nada todo un universo de resonancias y hallazgos literarios.

La escritura neurótica

En el caso de Tomás Nevinson la digresión se plasma con gran frecuencia en un simple darle vueltas a las cosas, por así decir, en divagaciones y soliloquios circulares, y con frecuencia reiterados, sobre todas las situaciones. Es lo que en ocasiones hemos llamado escritura neurótica; no en un sentido médico, por supuesto, sino en el uso coloquial que se aplica a alguien con una actitud puntillosa, maniática, que interpreta con suspicacia cada pequeño gesto o palabra del otro, extrayendo conclusiones e intencionalidades retorcidas (quizá proyectadas por él mismo), y que es incapaz de vivir de manera directa sin efectuar largas rumiaciones dubitativas o temerosas, sin padecer constantes recuerdos obsesivos, melancólicos cuando menos.

Dicen que «No quejarse nunca y jamás dar explicaciones» es el código no escrito de la familia real inglesa. A buen seguro, Marías no es seguidor de tal máxima; en su caso, tras mencionar las cosas, existe un impulso a explicarlas por extenso, morosamente; como si el lector no conociera el significado de las situaciones humanas o como si el autor quisiera fijar su propia interpretación de las mismas en la mente del que lee. Marías no hace, como se dice ahora, mansplaining, hace simplemente explaining. De todo asunto, por anecdótico que sea, parece que ha de haber una pequeña teoría explicativa; hasta los personajes más barriobajeros tienen este prurito teorético…

Así pues, sentimos que la narración, el hilo de la historia, no corre y salta ágilmente, surfeando sobre hechos y situaciones; sino que avanza pesadamente, como el Sexto de Caballería, o mejor, como la construcción de una autopista, desbrozando trabajosamente el terreno, allanándolo a base de aclaraciones, datos históricos, citas eruditas, ejemplificación de cada concepto…, para solo después de esos prolijos preparativos, avanzar un pasito más. Baste decir que el inicio de la novela y esa típica conversación inicial en que el agente recibe su misión; requieren en Tomás Nevinson cien páginas de texto para llevarse a cabo.

Lo mismo se da en las conversaciones (y en las descripciones exhaustivas, acumulativas; tema que dejamos aquí solamente apuntado): en ellas puede ocurrir que, tras una frase pronunciada por un personaje, nos enfrasquemos en las a veces consabidas sospechas y preocupaciones, o en largos recuerdos, citas literarias…: para llegar a oír la respuesta a la intervención anterior (quizá a duras penas recordada), párrafos y párrafos después. Y no siempre esa inflación verbal nos aporta profundidad o luz sobre los temas, a veces parece que se trata más bien de la incapacidad neurótica de dejar de pensar, de rumiar; o bien de cierto prurito por dejarlo todo bien claro, bien atado y remachado…

En resumen, como decíamos, se da un desequilibrio entre el somero esqueleto argumental y las sucesivas capas de gruesa materia verbal que lo recubren sin que su densidad aporte el placer de la sorpresa literaria, ni el temblor de acercarnos al límite del lenguaje, ni una iluminación intelectual que vaya más allá de las consideraciones sensatas, serias y frecuentemente consabidas…

Si bien la calidad de la prosa se mantiene estable página tras página, nos da la sensación de que la mencionada sobrecarga de rumiaciones y teorizaciones de sentido común, aportadas a mayor abundamiento, o incluso repetidas… resta vivacidad a relato, personajes y conversaciones. Al fin, corremos el riesgo de continuar la lectura más por conocer la solución del misterio, que por la riqueza literaria, como si de un bolsilibro de espías se tratara…

Poca elaboración narrativa de los asuntos ideológicos

El tercer lastre que nos parece pesa sobre la novela es la gran extensión y detalle dedicados a los horrores del terrorismo (incluso se incluye una dramática foto) y a las opiniones, cuestionamientos… del autor y de los personajes sobre dicho asunto.

Hay largos relatos de acciones terroristas, con el detalle y el tono propios de un Informe semanal. Hay largas conversaciones, o divagaciones del protagonista, sobre el tema, con insistencia y énfasis en el espanto. Y está el planteamiento (a nivel conversación de amigos) sobre la legitimidad de la violencia para evitar males mayores, de la guerra sucia incluso.

Con independencia de la posición ideológica del autor (no hace al caso comentarla aquí), que cada lector podrá compartir en mayor o menor medida, el gran peso de todo este material de tono casi periodístico, más enunciativo que narrativo, y de fuerte carga ideológica; creemos que contribuye a restarle fuerza a Tomás Nevinson en lo literario. Y no porque no pueda tratarse esta cuestión en literatura, sino porque cabría esperar mayor elaboración e integración narrativas, más allá de que los personajes charlen sobre el tema, a fin de verbalizar con un discurso ya algo usado, y de manera extensa, las dudas u opiniones del autor.

Tomás Nevinson, de Javier Marías, obra de sólido oficio pero con cierta limitación creativa

Pese a todo, creemos que los tres lastres comentados (la escasa ambición estética de una prosa, por otro lado, impecable; la inflación explicativa, el excesivo darle vueltas a las cosas en contraste con el magro argumento; y la sobrecarga ideológica no elaborada) no bastan para hundir totalmente la novela, pues la solidez de su prosa, el orden y eficacia de la estructura, hacen de salvavidas que la mantiene a flote y dando, no lo dudamos, satisfacción al lector en general. Pero sí nos parece que dichos rasgos, dichos lastres, hacen derivar a Tomás Nevinson, de Javier Marías, hacia los terrenos de la medianía o del limitado valor creativo y estético.

 

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6 comentarios

  1. Hace tiempo que me distancié de Marías. Ese afán de rellenar y rellenar páginas. Prefiero la máxima de nuestro querido Cancho de «escribir como un muerto». O sea, poco y bueno.

  2. De acuerdo con la crítica, falta frescura, sobra pensamiento recocinado, la reiteración agota la imaginación y las opiniones son obviedades. Hay momentos brillantes pero el conjunto lastra el tono narrativo. Antes de este libro leí “Interestatatal” de Dixon, que tal vez haya empequeñecido el libro de Marías.

  3. La crítica se corresponde bien con mi impresión. El libro me parece un tostón: repetitivo, todos los personajes se expresan como Marías. Estoy empezando a saltarme párrafos. Me aburre. Y no me había pasado con otros libros del autor.

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