En todos los talleres de escritura hay un alumno con una historia propia que contar, algo de su experiencia, su vida o una parte de ella, que siente ha sido intenso, que ha tenido fuerza e interés. Enseguida el profesor ha de explicarle que no por ser real algo es convincente o interesante. Que no por haber sido emocionante para el que lo vivió, será a su vez emotivo o apasionante para el lector o espectador… Es preciso crear un conflicto, un arco narrativo, una ficción en definitiva, para que lo que fue real y emotivo pueda ser relatado después y producir al público similar sensación de realidad o emoción.
He aquí lo que podría ser el fallo de «Romería» (Carla Simón, 2025), el escaso interés de lo que se nos cuenta durante casi dos horas, por mucho que sea muy relevante, en términos personales, para la autora [o quizá no sea esto así, como lo digo; quizá para las nuevas generaciones, moldeadas por los cotilleos del Gran Hermano y por las fotos y vídeos de vidas ajenas en las redes sociales, ese asomarse a la historia de otra vida, simple, sin intriga, pero dotada de cierta sinceridad, sea ya suficiente contenido].
Romería (Carla Simón): buceando en las relaciones familiares
Al principio de «Romería» aparece en pantalla un cartel a través del que la narradora se pregunta, «¿Encontraré alguna cosa de mis padres biológicos?». Así pues, el espectador alberga una ingenua expectativa de que se desvele algún misterio, que se haga algún descubrimiento muy revelador. Poco a poco abandonamos esa esperanza y debemos resignarnos a unas amenas (aunque no siempre, pues a ratos la cosa se hace larga) escenas de costumbrismo familiar, muy caras a la autora, en las que ella, futura cineasta, va descubriendo la leve anécdota sobre sus progenitores a partir de la cual luego hará su película.
Y digo anécdota leve de los padres, a pesar de que es trágica también, por lo consabida, habitual y mil veces repetida, al menos en aquellos años… [Pero otra vez puede haber que que corregirse: quizá a los jóvenes veinteañeros haya que contarles nuevamente todas las historias, todas las pequeñas anécdotas o grandes tragedias (aunque ahorrándoles, como aquí, la parte más cruda) que ya hemos vivido y visto vivir una y mil veces; así pues no conviene descartar que para la generación actual todo lo que se cuenta en «Romería» sea aún novedoso…].

Y esa ya sabida peripecia se cuenta en un estilo correcto, cuidado, detallista y agradable, algo lento quizá… Con esa cosa tan actual del making of de las películas que parece privar al público. Aunque la supuesta obra final imaginada/soñada/filmada aporte muy poco a los fragmentarios relatos familiares que ya hemos ido conociendo. Lo que aporta realmente ese resultado logrado por la narradora, incipiente cineasta, es (y no es realmente poco) la belleza del cuerpo juvenil, del amor alegre y despreocupado, del paisaje.
¿Algo más que comentar de la película que pueda entresacarse de la melancólica autoficción en plan búsqueda-de-mis-raíces? Si, quizá: una galería de tipos populares, desde los viejos llenos de hipocresías y ocultamientos a los enjambres de niños chillones; y de los adultos que arrastran sus fracasos y pretenciosidades, hasta los grupitos de jóvenes fiesteros… A fin de cuentas, eso, las rencillas y complejas relaciones familiares, es el verdadero tema de Romería.