Amarga navidad (Pedro Almodóvar)

Recibo cada nueva entrega cinematográfica de Almodóvar como un paso más de su evolución psicológica y artística, evolución en ambos casos no precisamente positiva. Todo empezó en la juventud de Almodóvar, cuando inició una carrera creativa que parecía tocada por la genialidad y la locura. En una entrevista, seguramente de los primeros años ochenta, Almodóvar dijo, respondiendo a la pregunta ¿Qué es para ti el amor?:

El amor debería ser algo como lo de Jean Harlow y Clark Gable en Mares de China: un sentimiento que te pone en continuo peligro, que te hace decir frases ingeniosas sin parar, y por el que estás expuesto a que los piratas te torturen simplemente porque en un momento de mal humor no le has hecho caso a tu chica. El amor no debe hacerte sentir respetable ni seguro ni tranquilo ni mejor que los demás. En el seno del amor, uno debe sentirse como un pobre diablo, víctima impenitente de la tentación. Pero esto sólo ocurre en el cine.

La ley del deseo

En base a esta idea (muy influyente para mí, durante años, salvo la última frase), se inicia una cinematografía llena de pasión y, por ende, de peripecias y aventuras, pues quien está animado por la pasión y el deseo loco, corre siempre hacia adelante, hacia el futuro, poseído por su ansia y también, frecuentemente, portador de un secreto, de una personalidad interesante. Así, las películas de Almodóvar nos llevan por un laberinto de pasiones regido por la ley del deseo. El Deseo bautizaron los Almodóvar a su productora y esa fuerza pasional los llevó al éxito y a la fama.

Amarga navidad, el amor egoísta y burgués

Pero, en realidad, la clave de la anterior declaración está en el «Pero esto solo ocurre en el cine». Parece que esa visión no era en realidad una forma de entender la vida y el cine, sino un deseo idealista y juvenil. En la misma entrevista, a continuación, el periodista le pregunta: «Y fuera del cine ¿qué es para ti el amor?».

Que alguien esté en el salón mientras yo escribo a máquina, que ponga mis discos favoritos y que no me interrumpa. Que no intente acompañarme a las fiestas a que me invitan mis amigos, pero que yo sepa que cuando vuelva, estará en casa para escuchar los chismes que esté dispuesto a contarle. Que en la cama me deje dormir tranquilo y no me abrace demasiado. Que lea los mismos libros y los comente, estando siempre de acuerdo. Que sepa mejor que yo mismo lo que pretendo contar en una película o en un relato. Que no hable por las mañanas, y que, a pesar de lo insoportable que resulta mi compañía, conserve el humor las 24 horas del día.

Amarga navidad, Almodóvar

Los espectadores de Amarga navidad, la más reciente película de Pedro Almodóvar (2026) sin duda reconocerán en estas líneas la personalidad de Sbaraglia-Almodóvar-Lennie. En efecto, paulatinamente los personajes de Almodóvar han evolucionado de la visión primera del amor a la segunda (por maduración o inautenticidad del autor), o sea, han perdido la pasión arrolladora, el color (que ha migrado a los objetos, al diseño de interiores y vestuario, quizá el principal talento de Almodóvar), carecen ya de la frenética actividad de perseguir su deseo.

Y así como la pasión orienta la acción hacia el futuro, la falta de ella lleva a la introspección, hacia el pasado, al psicoanálisis, a la melancolía. De grandes deseadores, los personajes de Almodóvar han pasado a ser grandes sufridores; tanto que, de hecho, la productora debería llamarse ahora El Dolor, o El Llanto. No es de extrañar que «La llorona» sea el tema musical central de Amarga navidad.

Melancolía, enfermedad, duelo, nostalgia, culpa…

Desprovistos de fuerza, pasión y color; los personajes son una mera subjetividad autoanalítica, una sensibilidad únicamente dedicada a procesar tristemente las desgracias de la vida. La visión pesimista, hipocondríaca, propia del burgués temeroso, se explaya aquí en un amplio abanico de muertes, enfermedades incurables, accidentes mortales, intentos de suicidio, suicidios consumados, enfermedades crónicas, psicoterapeutas, depresiones, dependencia química para dormir, para funcionar…

Todas esas desgracias tienen su correlato en lo psíquico: culpa constante, nostalgia y recuerdos dolorosos, incapacidad para amar o amores tóxicos, relaciones con sacrificios extraños o turbios, mientras que los amores ingenuos y sentidos son dejados de lado… Esa falta de vida se plasma en los actores: si en algún momento Banderas o Poncela fueron potentes trasuntos de Almodóvar, ahora Sbaraglia parece un zombi que a duras penas dice sus anodinas frases. Victoria Luengo se diría especializada en papeles acomplejados y antipáticos (ver El ser querido). Sánchez-Gijón tiene fuerza, pero su reconstrucción facial le da un aire de frío mecanismo. El bombero, el secretario y la madre en duelo son meros comodines de guardarropía. La única que parece imponer su personalidad sobre el aburrimiento es Bárbara Lennie, claramente por encima de su papel.

También el quehacer cinematográfico se va viendo progresivamente disminuido. El abuso de plano-contraplano, la falta de soluciones creativas en el encuadre o movimiento de cámara (solo paliado por algún protocolario plano cenital), los graciosos almodovarianos, cada vez con menos gracia (Machi, los juerguistas aporreados), secuencias enteras sobredimensionadas y poco cuidadas (el «striptease»), los diálogos nada ingeniosos… Solo destacan el paisaje y el interiorismo colorista, aunque a veces éste se hace demasiado omnipresente y llega a un cierto manierismo casi psicodélico…

Amarga navidad, excesos psicodélicos

Amarga Navidad, última vuelta de tuerca de Almodóvar

Una vez que sus personajes van perdiendo vitalidad, fuerza, pasión, deseo…, va ganando espacio en las películas la figura del propio Almodóvar (quizá, atento como siempre al espíritu de los tiempos, siguiendo la moda de la autoficción), a través de su alter ego Sbaraglia. En Amarga navidad vemos la última vuelta de tuerca del proceso: los seres humanos son abiertamente desprovistos de pasión y energía vital, y explícitamente presentados como personajes en la mente del escritor.

En un ejercicio de literatura dentro de la literatura, vemos el proceso creativo del escritor, a la vez que la obra creada es también presentada visualmente. Lo que vemos del proceso de creación, es sobre todo la lógica extracción de actos, rasgos, palabras… de la vida del autor y su mutación e integración en la ficción. Esto es una obviedad (¿saldría acaso de la nada la historia creada?), pero aquí está acertadamente mostrado en su proceso. También se muestra el fenómeno de que, al cambiar la vivencia del autor sobre algo personal o visto en la realidad, algo que había plasmado en una creación, es preciso reconsiderar lo ya escrito para que ese elemento «cuadre» con el sentir actual del autor.

Diría que este tema es, junto al disfrute estético colorista, el principal punto de interés de Amarga navidad. aunque es un interés para la posteridad, para la crítica o para los escritores de futuras tesis sobre la obra de Almodóvar y su proceso creativo. No así para el público, que intuyo se sentirá bastante ajeno a estas cuestiones interiores a la obra y a la mente del creador.

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