La misma ciudad, de Luisgé Martín

Luisgé-Martín-La-misma-ciudad¿Conocen el poema de Cavafis? Los que no hemos parado de vagar lo recitamos de memoria: «Dices: Iré a otras tierras, a otros mares/ Buscaré una ciudad mejor que ésta/ en la que mis afanes no se cumplieron nunca… » Lo cito porque es el leitmotif de esta última entrega de Luisgé Martín, sin duda uno de los escritores (no diré «jóvenes») a quien debe seguirse la pista, por más que juegue a perderse por otras ciudades, bajo otros cielos que, al final, son siempre los mismos: «Aquellos que cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma», reza la cita de Horacio que encabeza la novela. La moraleja, por lo tanto, se presenta desde antes de que comience el relato y se reafirma en su transcurso, cuando Brandon Moy, protagonista de la novela, lee el poema de Cavafis: «No existen para ti otras tierras, otros mares/ Esa ciudad irá donde tú vayas/ Recorrerás las mismas calles siempre…» y repite una verdad que sólo se revela a partir de los veintitantos, tras asaltarnos la certeza de que nunca dejaremos de perseguir nuestra propia sombra.

Una sombra que en ocasiones se cruza o se confunde con la de otros. Desde las primeras páginas de La misma ciudad tuve la impresión de haber leído ya esa historia, hasta que recordé que exactamente así, con el relato de un personaje que llegaba tarde a su trabajo en un despacho de las Torres Gemelas y aprovechaba la colisión de los aviones para fingir su muerte y escapar de su vida previa, comenzaba mi «Macramé en llamas», un cuento que escribí hace unos años y ahora yace en algún rincón de este disco duro (no me pregunten por lo de «Macramé»).

Sospecho que ésta ha sido una de las fantasías más secretamente extendidas entre quienes no hemos dejado de vagar, por más que aquí ese papel lo desempeñe el citado Brandon Moy, un abogado de vida perfectamente ordenada y tópicamente manhattaniana que aprovecha el autoatentado de la CIA para interpretar, de un modo muy personal, la crisis de los 40. Desde ese momento, la narración se desarrolla a la velocidad con la que cae el individuo de la portada, un vértigo que acompaña a los últimos títulos de Luisgé Martín, quien ya en su excepcional La mujer de sombra se arrojaba por barrancos y simas en toda una demostración del más agresivo skydiving, y sin hacerse un rasguño.

En esta ocasión sería justo anotar magulladuras en el parte de daños, pues alguna corriente de aire provoca inercias indeseadas, vacíos por los que se abisma una historia que por momentos nececesitaría una respiración más pausada, hasta hacernos dudar de si, en un juego de espejos con El sur (Borges), no estaremos asistiendo a esa explosión de sentido que precede a la muerte, al ensueño de un Brandon Moy que cae por uno de los costados del World Trade Center.

Aunque también puede ocurrir que lo repentino traduzca lo fragmentario, pues una vez que nuestro personaje se interna por caminos sin marcar, y esto es algo que pasa por alto el poema de Cavafis, su memoria se partirá en mil pedazos, cada uno de ellos amalgamado con el resto y sin posibilidad de restaurar. Y así, un Brandon Moy seguirá apareciendo por la casa familiar mientras un segundo acudirá a su despacho de abogados o se imaginará viendo crecer a su hijo, y otro decidirá huir, robará para abrirse camino desde la nada y se reinventará en Boston, en Colombia, en México o España, como si los mil avatares de Brandon Moy pudieran ocultar que, aun bajo diferentes cielos, todos se precipitan hacia el suelo.

Luisgé Martín: La misma ciudad. Barcelona: Anagrama, 2014.

 

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